SUB_TERRA (2017) 

Duración: 6’. Loop.
Video: 1 pantalla, Full HD

En el mismo territorio protagonista de Sin cielo empiezan a aparecer grietas que paulatinamente se van agrandando y profundizando hasta causar un deslizamiento de tierra y una desestabilización de la superficie similar a la generada por un terremoto. Sub_terra deja ver el movimiento, el espasmo o el síntoma de un ‘dolor telúrico’ sufrido por el cuerpo del paisaje que nos habla de las violencias de las que es un testigo mudo en su radical precariedad. 


• Premio OMA 2017

Créditos 
Locación: Municipio de Marmato, Caldas. Minería de oro
Dirección: Clemencia Echeverri
Director de fotografía: Camilo Echeverri
Edición: Víctor Garcés y Clemencia Echeverri


 SUB_TERRA

Como la tierra que en ella se despedaza hasta el vórtice del absurdo y su angustioso terror, Sub_terra es una obra que no se deja estabilizar completamente por el pensamiento, que se resiste a la fijación de una "geografía" –literal y simbólica– de sentido, que se traga las ideas al hacerlas explotar desde adentro por los afectos que suscita. Tal vez aquello que late bajo la tierra, bajo la piel de la tierra, en esa región sub-cutánea y sub-terránea que emerge en las fracturas que la obra deja ver, es el movimiento, el espasmo o el síntoma, por así decirlo, de un "dolor telúrico", de afectos inscritos en el cuerpo del paisaje que nos hablan de las violencias de las que el paisaje mismo es un testigo mudo en su radical precariedad. A vuelo de pájaro (cómo la toma con la que empieza la videoinstalación, que poco a poco se dilata en las imágenes que desde lejos se pierden, se ocultan, se escapan…), la frágil brutalidad de Sub_terra radica, justamente, en esta resistencia a pensar el paisaje como el escenario pasivo o el telón de fondo de las dinámicas violentas que se entrelazan, pero a la vez exceden, la categoría del "conflicto" (una categoría, dicho sea de paso, que habrá de reformularse para dar cuenta de esos excesos en su mutación o sus supervivencias en el "posconflicto"). Como ya se anuncia en el desangre de los montes de Marmato que se registra en Sin cielo, la aparente pasividad del paisaje no se opone en la obra a la actividad de los actores humanos que suelen asociarse a los discursos hegemónicos sobre la violencia en Colombia. Antes bien, su precaria materialidad se pone en el primer plano como espacio de inscripción, pero también de enunciación, de heridas humanas y no humanas en las que la violencia social deviene violencia ambiental y viceversa. La tierra explotada como materia prima barata, esa tierra que desde que Colombia existe como Colombia ha estado en violenta disputa (pienso en el extraccionismo colonial y poscolonial, en el latifundismo decimonónico, en el origen agrario del conflicto y, cómo no, en las guerras más o menos invisibles de la minería en la actualidad), esa tierra es la que habla su lengua ensordecedora de silencio en Sub_terra. La tierra habla, responde: en estas imágenes descascaradas su voz muda revela cómo las huellas de las violencias más estructurales de nuestra sociedad –la desigualdad, la pobreza extrema, la miseria, el clasismo y el racismo– dejan a su paso otras violencias, acaso más estructurales y más irreparables, en el suelo sobre el que estamos parados, sobre el que nuestra historia pretende erigirse. El uso del material de archivo no hace aquí de la tierra un espacio para su fijación tranquila, cómoda o autocomplaciente en una memoria humana; la tierra, en otras palabras, no es la "tabula rasa" en la que la historia puede seguirse reescribiendo siempre como si fuera un recurso infinito, infinitamente disponible, infinitamente fértil e infinitivamente pasivo. Todo lo contrario: bajo el cuerpo resquebrajado de la tierra que grita en Sub_terra no hay ya certeza alguna de fundamento, sólo el vértigo infinito de esa otra historia, ese otro tiempo y, con él, esa otra memoria que se mueve como una avalancha latente, un temblor inaudible, el nodo de un terremoto en formación. Desde esa profundidad que se proyecta a la superficie de la pantalla y que se la traga al final en su caos, la tierra cansada reclama la reparación de sus violencias, que son también las nuestras, que también vibran en cada uno de nuestros pasos: la reparación, tan paradójica como necesaria, de lo que cada vez se presenta más como una escombrera irreparable. Desde Nóctulo hay un giro en el trabajo de Echeverri, o en una de sus vertientes, hacia esta exploración de la naturaleza como espacio de reverberación de una memoria traumática o, mejor, afectiva que va más allá –o más acá– del registro exclusivamente subjetivo de la violencia en la historia del país. Esta mirada es más que urgente para pensar el devenir de lo humano y de lo no humano en su mutua imbricación violenta, pues la precariedad de los cuerpos, de la tierra y de la Tierra tiene un límite cada vez más apremiante y más doloroso. El llamado de esta pantalla hecha piel hecha paisaje es imperioso por su carácter incontestable: no hay piel orgánica, inorgánica o virtual que todo lo aguante.

Juan Diego Pérez
Filósofo